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jueves, 29 de junio de 2017

Junio

Junio es, para mí, un mes bastante difícil. Este mes significa lidiar con fechas personales bastante importantes en mi vida. A eso, debo sumar que no celebro ninguna fiesta con estruendosa bulla. (cohetones, música estridente, en un espacio con una densidad importante de población - apenas soporto las discotecas repletas - ) Ni siquiera en navidad o año nuevo, en mi hogar, suelo escuchar estruendos a menos de 20 metros de mi casa y a menos de 2 pisos de altura, prefiero una cena y brindis pequeño con las personas que amo, o reunión con música de nuestro agrado con pocas personas a mi alrededor, con las que yo he elegido disfrutar. Es por ello que, quienes me conocen, saben que si voy a lugares con mucha aglomeración de gente y música a altos decibeles muy cerca de mí, significa que la persona que me invitó me importa mucho.

Junio es, desde que llegué a Chimbote, un mes bastante complicado, ya que prefiero pasar estos 30 días con el menor esfuerzo físico y mental posible (sólo lo suficiente para un buen trabajo) y con el mayor silencio y soledad que se me pueda otorgar. Sin embargo, desde el principio, en el sur hasta el final de estos días, este mes significa caos, luz, color, aglomeración, fiesta, música, jolgorio, conciertos, ferias, más aglomeración, una celebración que parece no acabar y que fácilmente se confunde con la algarabía del año nuevo, cosas que no pasaban en Barranca. Cuatro años han pasado desde que pisé suelo chimbotano y aún me es muy difícil integrarme a este tipo de fiesta patronal.

Una fría mañana de un día como este decidí caminar en las playas con el motivo de recordar al protagonista de una de estas fechas importantes, sin pensar en el gélido clima de estar a 0 metros sobre el nivel del mar de Barranca. Partí desde Chorrillos, recorrí Miraflores y empecé a caminar por Puerto Chico, cuando vi a fieles pescadores del pequeño puerto de chalanas llevar a San Pedro hacia una vieja chalana, mientras oraban y cantaban alabanzas, con una modesta banda haciéndoles compañía. Los dueños de los restaurantes aledaños también salieron a reverenciar, mientras conducían el altar hacia una embarcación pescadora a navegar unos metros en el mar. El acto no tuvo un buque, no fue acompañado por ninguna autoridad, ni siquiera una sola distrital, ni obispo, nadie lo transmitió en vivo, no se invitó a periodistas ni invitados de lujo, nadie se tomó selfies ni lejos, ni cerca del anda. Solo eran los pescadores y moradores, una vieja lancha, el padre de la iglesia cercana, cánticos y oraciones de fe, el frío gélido acostumbrado de esas playas y yo, con mis pensamientos particulares de esta fecha. Esa fue la única vez que presencié a San Pedrito navegar por el mar, una de las pocas celebraciones de San Pedro que puedo analogar a estos días personales, justamente por el ambiente íntimo que se vive en su particular celebración, y una de las pocas veces en las que puedo recordar que he sentido fe.

Tal vez, por todo ello, me resulta un poco impactante la forma cómo celebran aquí en Chimbote, en las cuales, a pesar de toda la algarabía y las actividades, siento y veo que se ha perdido un poco esa fe que encontré en Puerto Chico. Por eso, también, no me llama mucho la atención toda la travesía de esta fecha en Chimbote, a la cual una sola vez vi de lejos y nunca he subido a ningún buque, pues coincidentemente en mis trabajos siempre han respetado este feriado. Por eso, también, creo que merecen una disculpa de mi parte, pues aún no logro aprender la importancia de tanta fiesta patronal en las que pareciera que lo que menos importa es el santo patrón, durante unos días en los cuales yo busco soledad y silencio absolutos. Tal vez, el protagonista de esta fecha personal, que hoy duerme aquí en esta ciudad, quiere romper en mí el silencio que yo me impuse, pues tal vez quiere que yo también esté tan alegre como la ciudad a la que él me ha traído, justo este día. Creo que también merece una disculpa este protagonista, pues yo aún no he obedecido.  
Créditos: José Cavalier